El bar puertas adentro

Lo primero es una introspección. Conócete a ti mismo. Aprende a explorar tus gustos. Así se van perfilando los pertrechos, los insumos básicos para armar un bar en casa. Un bar que puede ser refugio, o simplemente un spot desde el cual transmitir cuidando el estilo, la puesta en escena. Ante la imposibilidad de sociabilizar como antes, que cada uno monte un escenario bello, deleitoso y verdadero.

TXT Rodrigo Martínez 

Hace años, entrevistando a Fernando Castellón, el bartender chileno autor del Larousse de los Cocteles –quien vive en Lyon y es el director de Barexpertise–, al teléfono le hice la pregunta de qué destilado no podía faltar en el bar de casa. “El que más te guste”, fue su respuesta que todavía me ruboriza. Pura sabiduría destilada, literalmente. Por eso hay que conocerse para armar una extensión del paraíso artificial que todos soñamos y llevamos dentro, como anhelo. La casa, la sensación de hogar es casi siempre el anhelo de un bar. “Where everybody knows your name”, rezaba la canción del ochentero sitcom Cheers. Algo así. 

Pero este lugar utópico puede hacerse realidad. El bar es una institución social que hoy más que nunca puede ser un reflejo de cada personalidad, de cada cual. El bar, más que una soberbia colección de botellas, licores y rarezas, es también una puesta en escena, el trampantojo de un sueño dulce. Las luces tenues, la música con groove, el ambiente que conspira a favor y es parte de la magia de cada sorbo. La cristalería es otro elemento que le entrega garbo a cada brindis, y a esos detalles te invito a poner acento. Una copa labrada aporta destellos de una era dorada de la coctelería, como para evocar las correrías de antaño con los camaradas. La decoración debiera rimar con tu propio fetichismo: juguetes viejos, libros, afiches de películas. Yo privilegiaría todo aquello que no se puede encontrar en una tienda de decoración.

No es sencillo. El confinamiento nos tiene con nostalgia de la vida nocturna y la jovialidad de los brindis con amigos y personas queridas, que ahora se pueden recrear con el alivio sucedáneo de las telereuniones. 

En cuanto a los líquidos. Si me preguntan, yo no dejaría de tener un bourbon, un buen whisky de mezcla, un single malt de Speyside y otro de Islay, un vodka lo más liso posible, un mezcal o un sotol, un pisco con madera y otro traslúcido, un gin de la vieja escuela inglesa y otro con botánicos más exóticos. Tal vez un ron, un cognac, un brandy. Algunos bitters, Araucano, Fernet y el incombustible Campari. Licores de frutas, un vermouth blanco y otro rojo. El hielo, ojalá grandes de agua filtrada. No olvidar la fruta, sobre todo los cítricos –de piel a pulpa– son grandes compañeros de una receta improvisada o regida por los ingredientes que tenemos a mano.

No es sencillo. El confinamiento nos tiene con nostalgia de la vida nocturna y la jovialidad de los brindis con amigos y personas queridas, que ahora se pueden recrear con el alivio sucedáneo de las telereuniones. Libaciones a distancia que hay que mantener a como dé lugar. Cuando todo esto haya pasado me tengo prometido hacer de carne y hueso el cuadro “El almuerzo de los remeros” de Renoir. Pero ahora estamos en la hora del brindis virtual. El Happy Hour que nos podemos permitir en esta nueva realidad.